El Sacerdote, un misterio de amor (Padre Emiliano Tardif, MSC)

El Sacerdote, un misterio de amor.

El Padre Emiliano Tardif, MSC, falleció el 8 de junio de 1999, a las siete de la mañana de un infarto cardíaco, en San Antonio de Arredondo, Provincia de Córdoba, Argentina. El lunes, 7 de junio el P. Emiliano había empezado a predicar en un retiro a 250 sacerdotes.

Apartes de su ultima charla.

Que mis primeras palabras sean un saludo cariñoso para todos ustedes que nos reciben con tanto amor. Gracias por su cariño.

El sacerdocio: vocación extraordinaria

Muchos nos ven como a hombres misteriosos. Todos los hombres nos miran con curiosidad y quisieran penetrar en el secreto de nuestras vidas, en la intimidad de nuestro ministerio. Pero muchos nos ven como algo muy raro, como a hombres misteriosos. En verdad, si contemplamos la vocación extraordinaria a la que Jesús nos ha llamado podemos decir que sí, que es un gran misterio. El misterio del amor de Dios que se manifiesta en nuestro servicio y en nuestro apostolado. Es el gran misterio del amor de Dios que tanto amó al mundo que envió a su Hijo Único, Jesucristo, no para condenar al mundo sino para salvarlo. Jesús nos ha llamado para continuar su misión en la tierra. Para mucha gente, el sacerdote es un hombre misterioso, investido de poderes divinos.  El tiene la misión de continuar y de completar en la tierra la obra redentora iniciada por Jesús en la cruz. Su misión es la de dar la vida, la vida de la gracia, de distribuir el pan de la Eucaristía, de ofrecer su vida para santificar al pueblo de Dios.

El Papa Juan Pablo II dijo en una reunión sacerdotal en Toronto: “Es para celebrar la Eucaristía que existe el sacerdote”. El sacerdote es, y eso hay que repetirlo, un misterio de amor.

Un hombre enamorado de Dios y de su pueblo. Todos, al mirarlo, más o menos hacen sus cálculos, emiten sus opiniones, pero pocos son los que llegan ni siquiera a sospechar lo que encierra y supone la vida, el alma de cualquier sacerdote. Como el Hijo de Dios, que vino a este mundo y los suyos no lo reconocieron, sus ministros son también, con frecuencia para los suyos, los grandes desconocidos. No deseamos con ello justificar los defectos de los sacerdotes pues somos hombres y hombres con defectos. Ni justificar vidas indignas de sacerdotes equivocados ni negar hechos innegables, portantes, tristes y dolorosos. Hay sacerdotes indignos que buscando los placeres locos del mundo, han llegado a traicionar su misma fe. Y en un empeño frustrado de borrar su misma fisonomía se derraman en amores sacrílegos, pero en nada se opone todo eso tan sangriento y doloroso para la Iglesia de Dios,  a la dignidad del sacerdote católico. Todo sacerdote fue señalado por Dios y haga lo que haga esta marca jamás dejará de estar adherida a su alma. Escogido por Dios, el sacerdote es su colaborador en su obra de la salvación; tiene en su poder, en su misma mano, las armas de Dios. Cuando nuestro obispo nos consagró sacerdotes, nos ungió las manos con el óleo santo y nos entregó el cáliz con el vino y la patena con la hostia diciéndonos: “Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar misas tanto por los vivos como por los difuntos”. Así, el sacerdote queda constituido representante y mediador entre Dios y los hombres. Esta constituirá su suprema misión sobre la tierra. Por último, imponiéndonos las manos sobre la cabeza, nuestro obispo dijo: “Recibe el Espíritu Santo. Aquellos a quienes perdonares los pecados les serán perdonados y aquellos a quienes se los retuviereis, le serán retenidos”. Así hemos sido escogidos por Dios. Hemos recibido el poder divino de atar y desatar. El mismo poder que concedió Cristo a sus apóstoles. Cada día de nuestras vidas damos gracias a Dios por el don tan grande de nuestra vocación.

Sin embargo, cada día tenemos que pedir fuerzas para cumplir con este oficio. En el fondo del alma de cada sacerdote hay un martirio secreto. Ese martirio nos viene primero de nuestro oficio que nos aplasta por su dignidad. Uno se siente demasiado pequeño. Es como una visión grandiosa que nos encanta y nos espanta a la vez. El sacerdote vive tan cerca de Dios, tiene confianza y tiene miedo a la vez. Imagínense el peso de la Hostia Santa que levanta el sacerdote en el momento de la consagración. Es pequeña y es más pesada que todo el universo. Contiene al mismo creador del cielo y de la tierra pues no es una presencia simbólica de Jesús la que tenemos en la hostia santa, es una presencia real y verdadera. Por eso, después de la consagración decimos: “Este es el misterio de nuestra fe”.

Decía San Agustín: ” Dios es muy grande y podría crear mil mundos más hermosos todavía que el mundo actual, pero a pesar de toda su grandeza y de toda su majestad, Dios no puede hacer nada más grande que la Santísima Eucaristía, porque la Hostia Santa es Jesús de Nazaret, resucitado, vivo y verdadero”. Y nosotros lo creemos porque creemos en la palabra de Jesús: “Tomen y coman, este es mi cuerpo. Hagan esto en conmemoración mía”.